Gracias eternamente por haber sido la matriarca que hizo de mi infancia un lugar muy feliz. Por motivarme, junto a mi Papi, a mirar las puestas de sol en Cartagena. Por enseñarme a través de mi mamá el significado de la humildad y acoger al que está por momentos cuesta abajo. Por aprender a mirar en el fondo de las personas y no en la figura. Por dejar imitarte esa sonrisa eterna, la picardía y ser contestataria para defenderme en lugares complejos. Por amarme en la cercanía y en la distancia, porque si yo cumplía mis sueños, tú también serías feliz (te encargaste de decírmelo en cada instante que pude conversar contigo). Por darme esas tacitas de té, los panes con huevito revuelto después de bañarme en la playa. Y saber hasta que el arroz quemado al final de la olla me gustaba.
Te agradezco infinitamente por ser mi segunda mamá, tal como lo dijo mi hermana mayor el día que te despedimos. Pero para mí, ese día no fue una despedida, porque hoy, en cada cosa que pienso, en esas retrospectivas de lo que fuí, en ese tomar conciencia de lo que soy y en los recuerdos donde apareces, estás aquí con nosotros.
Hoy más que nunca estás presente. Sólo espero que algún día nos reencontremos y estrecharemos - como siempre lo hicimos - nuestras almas.
Te quiero Mami, mi abuelita querida. Salúdame y dale mis besitos a mi Papi y a mi tío Yuco.

Cariños Julie, el cuerpo perece pero el espíritu es eterno ;)
ResponderEliminarAmiga, muchos cariños.
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