Antes de ayer tuve una de esas locuras mitad feminoide, mitad existencial, llorando por una gran verdad que era tan intrínseca, pero que no tenía ni pies, ni cabeza. Son esas verdades que te descubren, acciones que son propias, pero que no son nada inteligentes, más bien ridículas, es como un bufón que entra en tu ojo y te irrita la vista.
Cuando me pusieron ese sentimiento sobre la mesa, me entró una vergüenza grande que por más que intentaba dar explicaciones, no podía. Pero al mismo tiempo, sentí un alivio, sentí que tenía más aliento que antes, porque me di cuenta que me lo dijo la persona idónea, pues me lo dijo con perspicacia y con una certeza única. Quien más podía ser que él, mi elección, mi entusiasmo, mi camino diario, nada más y nada menos que el hombre que amo.
Y pensaba, ¿Por qué me he vuelto tan vulnerable con los años, si antes podía eludir a esas palabras y actitudes ortigosas?... Luego, retomé el respiro más sabio para comprender: Ha pasado el tiempo y, por el contrario, nada puede matarme más que mi voluntad propia. Y mi voluntad, por suerte, está evolucionando poco a poco junto con mi homeostasis.
Me di cuenta que si hay personas que pretenden hacer daño, ese es el objetivo final, pero hay que soltar el gancho de una vez por todas, desanclarse de esa célula pendeja que está llena de caca y que se reproduce como un virus que enferma. Virus insípido, amargado, peludo, envidioso del amor que no alcanza, consentido, triste y solo. Pero ya tengo la cura: Seguir viviendo y no detenerme, no mirar al lado, ni atrás.

Hacia atrás ni para tomar vuelo...
ResponderEliminarA veces es bueno errar, caerse y golpearse un poco con el golpe. Así aprendemos mejor a no cometer el mismo error.
ResponderEliminar