Alrededor de la estrella blanco azulada giraba un amplio anillo de desechos —-piedras y hielo, metales y materiales orgánicos—, de un tono rojizo en la periferia y azulado en la parte más próxima a la estrella.
El poliedro del tamaño de un mundo cayó verticalmente por una brecha en los anillos y emergió del otro lado.
En el plano del anillo, había recibido sombras intermitentes producidas por rocas heladas y montañas que se desplomaban.
Sin embargo, en su trayectoria hacia un punto por encima del polo opuesto de la estrella, la luz del sol se reflejaba en sus millones de apéndices con forma de tazón.
Observándolo con atención podría haberse advertido que uno de ellos realizaba un leve ajuste de enfoque.
Lo que no hubiera podido verse habría sido la multitud de radioondas que partían de él para internarse en la inmensidad del espacio.
Durante toda la presencia del hombre sobre la faz de la Tierra, el cielo nocturno ha sido siempre para él una compañía y fuente de inspiración.
Las estrellas son reconfortantes y parecen demostrar que los cielos se crearon para beneficio del ser humano.
Esta patética vanidad se convirtió en la sabiduría convencional del mundo entero.
Ninguna cultura estuvo exenta de ella.
Algunas personas hallaron en los cielos una apertura hacia la sensibilidad religiosa.
Muchos se sienten sobrecogidos y humillados por la gloria y la magnitud del cosmos.
Otros, sienten el estímulo para manifestarse con el más exagerado vuelo de su fantasía.
En el mismo momento en que el hombre descubrió la vastedad del universo y se dio cuenta de que aun sus más disparatadas fantasías eran ínfimas comparadas con la verdadera dimensión de la Vía Láctea, tomó medidas para asegurar que sus descendientes no pudiesen ver las estrellas en lo más mínimo.
Durante un millón de años, los humanos se han criado en el contacto diario, personal, con la bóveda celeste.
En los últimos milenios comenzaron a construir las ciudades y a emigrar hacia ellas.
En el curso de las últimas décadas, gran parte de la población humana abandonó una forma rústica de vida.
A medida que avanzaba la tecnología y se contaminaban los centros urbanos, las noches se fueron quedando sin estrellas.
Nuevas generaciones alcanzaron la madurez ignorando totalmente el firmamento que había pasmado a sus mayores y estimulado el advenimiento de la era moderna de la ciencia y la tecnología.
Sin darse cuenta siquiera, justo cuando la astronomía entraba en su edad de oro, la mayoría de la gente se apartaba del cielo en un aislamiento cósmico que sólo terminó con los albores de la exploración espacial.
CARL SAGAN

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