6.2.14

Contra la costumbre


Hace mucho tiempo quería comentarlo, pero en realidad no sabía en el lugar adecuado donde hacerlo. Quería decir que renuncié hace dos semanas a mi antiguo trabajo en el que estuve por un corto período. ¿Las razones? Simplemente, porque tuve una nueva oportunidad y tomándola, hice un alto a mis prioridades, sopesé el ambiente laboral de ambos trabajos y decidí quedarme con uno desde la modalidad más "dependiente". No quiero entrar mucho en detalles por las otras razones, simplemente quiero mencionar que estoy totalmente contenta en el lugar donde estoy laborando, porque hay compañerismo, hay un trabajo en equipo, tengo la libertad de ser creativa, etc. Pero por sobre todo, estoy feliz de trabajar con adultos mayores, porque he descubierto que son personitas increíbles, llenas de historias, muy agradecidas de nuestros cuidados y son felices de dejarse acompañar por nosotros en el Centro donde trabajo. 

Sin embargo, la intención de este trocito de palabras no era para ahondar sobre lo anterior (quizá en otro momento dedique más palabras), sino más bien en algo que ha llamado totalmente mi atención con respecto a cierta etapa de la vida que aún me parece tan distante. Y es esa conversación que tenía con algunas compañeras de trabajo, donde describían el hastío que tienen con sus esposos y parejas. Me señalaban acerca de que al ser madres, las prioridades van cambiando: Si antes el esposo era la prioridad, ahora serían los hijos. Lo anterior no es algo que discuto en lo absoluto, porque en definitiva, pienso que puede ser que el foco de la atención ya no sea el mismo por un cuento de que hay un ser pequeñito que requiere de nosotros para cubrir sus necesidades y el amor especialmente... 

No obstante, no puedo entender que después de adquirir un compromiso con el otro, donde sabes que te llevas contigo cierta parte de sus preocupaciones, de sus sueños, entre otras cosas, todo se vaya al carajo porque uno cambió del todo y comenzó a endeudarse o por el contrario, sacar en cara algo que en verdad él mismo decidió entregar de sí... Se me hace difícil encontrar una respuesta, ya que comprendo los mil y un conflictos que se crean desde ahí, pero me pongo a pensar, ¿Qué es lo que realmente los hace seguir juntos, si el cariño, el respeto, la confianza y peor aún, el amor, se han esfumado de sus narices? Y es que a veces me trato de poner en esa posición y la verdad es que quizá yo soy muy drástica o es que no quiero conservar ciertos viejos patrones familiares (que me perdone mi mamá) de estar incondicional con alguien que en verdad te hizo daño, pero mostrando una cara déspota y desconfiada hasta el final de los tiempos. 

Yo no sé si soy muy radical, pero estoy en una posición actual de sólo encontrar tranquilidad para continuar, además de estar reconciliándome con una parte de mi autoestima, estoy reparando parte de mis recovecos personales y me pongo a pensar que en verdad estoy muy loca, pero creo aún en mi chascón a pesar de todo... Creo también en que todo puede ser distinto a lo que siempre se suele hacer con las parejas. Tampoco quiero decir que le tenga miedo al compromiso o a tener hijos en el futuro, pero sería raro vivir bajo el pretexto del acostumbramiento de mucha gente o peor aún, bajo el alumbramiento o en el terreno de una total idealización donde la consigna es parecer bien frente al resto y posar en una foto para que todos la aprueben y piensen que todo está bien, cuando en el fondo hay incongruencias en las que intervenir y aclarar. Quizá va a sonar muy psicológica la posición, pero me gusta estar en el justo medio de las cosas, donde haya acuerdos y desacuerdos para perfeccionarme (nos), donde haya sueños por cumplir y metas realizadas, donde haya un paso sobre otro, donde se cubra el rol de maestro y aprendiz. Yo quiero seguir creyendo en este chascón, aunque demore y yo me pregunto por las noches o en las meditaciones de micro si él seguirá creyendo en mí también para continuar elucubrando la vida.

1 comentario :

  1. El matrimonio no debería ser una "institución" indestructible, claro que tampoco hay que tomarlo a la ligera, pero si es una relación que sólo te trae pesares y ninguna felicidad no encuentro razón de que siga existiendo. Personalmente, la única razón por la que debería existir el matrimonio es porque tu pareja te ayuda a crecer como persona y viceversa; obviamente nadie es perfecto, por un lado u otro cualquiera puede cometer errores, pero depende de ambos volver a encaminarse y seguir adelante, literalmente hablando. Los hijos son de ambos, por lo tanto, ambos deben ser responsables de la crianza, no sólo la mamá, como ocurre mucho en esta sociedad machista. Cuando las responsabilidades se comparten todo es más liviano y llevadero. La organización, los hijos no son excusa para dejar de tener momentos con tu pareja, hay momentos para los hijos, hay momentos para compartir en pareja y hay momentos para estar un rato sola.
    El amor ante todo, la pasión puede ir y venir, pero tu pareja se convierte en una parte de ti y viceversa, ambos viven en una situación simbiótica donde yo me alimento de él y él de mi, metafóricamente hablando. Debe ser la persona que mejor conozcas en este mundo y viceversa, pero hay que mantener el equilibrio, porque ni él es más que tú ni tú más que él. Ley pareja no es dura.
    Pienso que las relaciones que no funcionan son las que no son completamente sinceras, o las que no hay suficiente amor y sí algún interés, de cualquier tipo, económico, social, o lo que sea, y si al pasar el tiempo no logran construir algo juntos, independiente de los hijos, construir algo como pareja, consolidar la familia con amor, realizarse, aprender uno del otro, tropezar juntos, o separados, perdonar y perdonarse; si no se logra esta relación simbiótica que sea como un refugio del mundo, me sienta segura y feliz, no tiene sentido seguir, porque para mi el matrimonio significa eso, y no un simple convenio social.

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