Muchas veces me pregunté que sería la soledad y si tal vez me daría miedo vivirla. Y entonces, cuando lo pensaba sentía un frío en mi estómago. Era como una puñalada en mis intestinos que perfectamente podría haberse disfrazado de una enfermedad. Lo cierto es que me tocó vivirla.
Al principio se hacía demasiado incómoda, por el hecho que me daba cuenta que lo rutinario tenía mucho espacio. Y me hacía tener un enorme vacío interno. Cuando sucedió esto, empezé a entrar en una búsqueda de las cosas que podían devolverme la magia de los días en que no estaba tan sola. Y fue un camino difícil de recorrer porque cometí muchos errores quizás, errores por los que en algún período decía que jamás cometería como por ejemplo establecer una relación cuando no estuviera segura. Sin embargo, lo hice y como era de esperarse, nada resultó, pero de cualquier manera fue mejor así porque no era la persona con la que quería pasar el resto de mi vida. En ese momento me dí cuenta que no necesitaba estar con nadie, porque quería disfrutar mi soledad.
No es tan malo vivir en soledad, porque luego percibes cosas de las que te entusiasmas tanto y que si bien, nadie te entiende, de cualquier manera te hacen sentir bien. No quiero decir que es no rico sentirse acompañado, porque de igual manera lo es. Pero cuando te das cuenta de que la soledad es una buena compañía, los minutos se te hacen cortos y si estás pasivo por la vida se te vuelve un momento en contra. Necesitas vivir de la actividad, quizás no estar corriendo todo el día, pero por ejemplo hace bien recostarse bien un rato por la noche, instalarse en una ventana y mirar las estrellas y los cambios de lugar que tienen. Y entonces desde ahí uno puede obtener una enseñanza pura. Por otro lado, los días también se hacen más cortos y se quieren vivir a concho y cuando vas por un camino, te ríes del sol que se oculta y se deja ver al rato. De lo más mínimo te ríes, hasta de la gente que va por la vida tomándosela seriamente como una obra de teatro, esperando que abran luego el telón y entonces se aprenden su trama, empiezan a resongar, unos empiezan a hablar solos y otros comienzan a reclamar porque el que del transantiago no le dio el asiento o el chofer no parte luego. Me da risa, porque somos como unos niños queriendo jugar a la comunidad, jugando una ronda donde el que está al medio es el que quiere guiar al grupo y al final todos somos iguales. Unos simples niños inocentes queriendo sobresalir.
Otros juegan con sus emociones a la escondida y entonces el correspondido dice "¡Salí!", y luego todos se esconden de nuevo, pero todos vamos al mismo encuentro. No tenemos que temer a la soledad, yo ya no le temo, es más, me ha servido de inspiración para levantarme todos los días y comenzar el día mejor. Me ha llevado incluso a pensar en que es bueno desaparecer para el resto y reencontrarte contigo misma para tomar nuevas decisiones y enfrentarme al mundo. Y entonces quiero tirar los malos recuerdos por la ventana del mundo. Nada me lo impide, porque la soledad me hace volar.
Al principio se hacía demasiado incómoda, por el hecho que me daba cuenta que lo rutinario tenía mucho espacio. Y me hacía tener un enorme vacío interno. Cuando sucedió esto, empezé a entrar en una búsqueda de las cosas que podían devolverme la magia de los días en que no estaba tan sola. Y fue un camino difícil de recorrer porque cometí muchos errores quizás, errores por los que en algún período decía que jamás cometería como por ejemplo establecer una relación cuando no estuviera segura. Sin embargo, lo hice y como era de esperarse, nada resultó, pero de cualquier manera fue mejor así porque no era la persona con la que quería pasar el resto de mi vida. En ese momento me dí cuenta que no necesitaba estar con nadie, porque quería disfrutar mi soledad.
No es tan malo vivir en soledad, porque luego percibes cosas de las que te entusiasmas tanto y que si bien, nadie te entiende, de cualquier manera te hacen sentir bien. No quiero decir que es no rico sentirse acompañado, porque de igual manera lo es. Pero cuando te das cuenta de que la soledad es una buena compañía, los minutos se te hacen cortos y si estás pasivo por la vida se te vuelve un momento en contra. Necesitas vivir de la actividad, quizás no estar corriendo todo el día, pero por ejemplo hace bien recostarse bien un rato por la noche, instalarse en una ventana y mirar las estrellas y los cambios de lugar que tienen. Y entonces desde ahí uno puede obtener una enseñanza pura. Por otro lado, los días también se hacen más cortos y se quieren vivir a concho y cuando vas por un camino, te ríes del sol que se oculta y se deja ver al rato. De lo más mínimo te ríes, hasta de la gente que va por la vida tomándosela seriamente como una obra de teatro, esperando que abran luego el telón y entonces se aprenden su trama, empiezan a resongar, unos empiezan a hablar solos y otros comienzan a reclamar porque el que del transantiago no le dio el asiento o el chofer no parte luego. Me da risa, porque somos como unos niños queriendo jugar a la comunidad, jugando una ronda donde el que está al medio es el que quiere guiar al grupo y al final todos somos iguales. Unos simples niños inocentes queriendo sobresalir.
Otros juegan con sus emociones a la escondida y entonces el correspondido dice "¡Salí!", y luego todos se esconden de nuevo, pero todos vamos al mismo encuentro. No tenemos que temer a la soledad, yo ya no le temo, es más, me ha servido de inspiración para levantarme todos los días y comenzar el día mejor. Me ha llevado incluso a pensar en que es bueno desaparecer para el resto y reencontrarte contigo misma para tomar nuevas decisiones y enfrentarme al mundo. Y entonces quiero tirar los malos recuerdos por la ventana del mundo. Nada me lo impide, porque la soledad me hace volar.
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