Para hacer un recorrido mucho más exacto, me acuerdo que el mundo lo ví sumamente grande desde que en mi mente comenzó a existir lo que se llamaba conciencia. Al principio, tener conciencia para mí era algo muy liviano y se insertan ahí pequeños recuerdos fugaces de mi vida, cuando tenía unos 5 años de edad y estaba en Kinder, en ese momento era el mes del mar y teníamos que representarlo en forma artística. La temática era el Combate Naval de Iquique y para hacer los barquitos ocupabamos las caparazones de las nueces, o las cáscaras. Todo era tan simple, tan sencillo ahí, pero no entendía los combates, yo quería solamente hacer los barquitos, llenarlos con plasticina y enterrarles su bandera para surcar los mares. Y te comías las nueces sin pudor, sin que nadie te dijera nada.

Hasta aquí nada parecía tan complejo. También recuerdo los días de invierno en donde me sentaba en el sillón y miraba el cielo junto con la lluvia caer y se sentía rico cuando abrías la puerta, ese aroma a lluvia que se metía en los orificios de tus narices al mismo tiempo que el aire aunque era muy frío te despertaba en la mañana. Desde ahí me empezó a gustar la lluvia, aunque sé que prefiero más la primavera. Me gustaba por el hecho de chapotear entre los charcos y mojarme con la lluvia, quien sabe por qué.
Desde esos años me dí cuenta que mi familia tenía un complejo melómano, no podían vivir sin la música y, por supuesto, como la crianza es fuerte, yo también me empaparía de ella. Ahí es cuando me hice fanática de la música y quería investigar constantemente. Aunque por aquellas épocas, escuchaba más de todo, nada marcaba tanto, hasta que un día ví a Cobain en un concierto en Amsterdam después de no saber que hacer y entonces me enamoré por primera vez tanto del rock como de la persona que hacía rock. Y nadie me cuestionaba si era groupie o no. Tampoco nadie cuestionaba qué tribu urbana era.


Por otro lado, nada corría rápido, solamente solía correr cuando se daba algún juego en el pasaje donde vivo y trepaba los árboles sin temor a que alguien me dijera que no era sano. Sin embargo, me dí cuenta que el mundo iba rápido una vez que estaba en Kinder y me obligaron a comer rápido, quien sabe para qué y entonces como todo era una regla ahí, que aprendí que existía el "deber" lo hice, comí muy rápido, pero pasaron 5 minutos y vomité toda la comida, dejando todas las cosas manchadas, porque ni siquiera degusté bien la comida. Y aunque mi mamá después lo supo y fue a hablar con mi Profesora, quien me obligó a comer rápido y luego la despidieran, desde ese entonces como muy lento las comidas, porque sé que hay otras personas que comen rápido por irse al trabajo o por ver la última noticia de farandula en la tele y en el lado contrario, hay otras que ni siquiera tienen un plato de comida todos los días.
Hasta aquí nada parecía tan complejo. También recuerdo los días de invierno en donde me sentaba en el sillón y miraba el cielo junto con la lluvia caer y se sentía rico cuando abrías la puerta, ese aroma a lluvia que se metía en los orificios de tus narices al mismo tiempo que el aire aunque era muy frío te despertaba en la mañana. Desde ahí me empezó a gustar la lluvia, aunque sé que prefiero más la primavera. Me gustaba por el hecho de chapotear entre los charcos y mojarme con la lluvia, quien sabe por qué.
Desde esos años me dí cuenta que mi familia tenía un complejo melómano, no podían vivir sin la música y, por supuesto, como la crianza es fuerte, yo también me empaparía de ella. Ahí es cuando me hice fanática de la música y quería investigar constantemente. Aunque por aquellas épocas, escuchaba más de todo, nada marcaba tanto, hasta que un día ví a Cobain en un concierto en Amsterdam después de no saber que hacer y entonces me enamoré por primera vez tanto del rock como de la persona que hacía rock. Y nadie me cuestionaba si era groupie o no. Tampoco nadie cuestionaba qué tribu urbana era.

Ahí las cosas empezaron a cambiar. Simplemente, porque entré en la adolescencia y aunque todos pasaban por eso, yo la viví intensamente. Tuve una situación en que el mundo se me hizo mucho más grande, veía caos, veía gente por ahí que hipocretizaba sus pensamientos (este es un término mío por si acaso, no existe en la realidad, es sólo un neologismo necesario que ocupo en esta ocasión), veía horror, veía que había gente que no tenía voz. Entonces creí fervientemente en la anarquía filosófica, de pensamiento para hacerme mucho más fuerte. Era una persona introvertida cuando tenía que serlo. La censura no existía, ni siquiera de opinión, si pensaba que el mundo era muy grande. Creí en mi femineidad como fuerza energética.


Me hice una persona radical y quería conseguir que el mundo fuera consecuente. Me hice una persona apática y los fines de semana se hicieron eternos, aunque los días domingos eran eternos para mí. Tenía siempre las compañías necesarias por las que entre paréntesis quería que significaran amor. Pero como el mundo iba también tan rápido, mi vida iba por delante mío y en realidad no lo sentía y terminaban esas relaciones en períodos cortos. Y como todos quería crucificarme con la conciencia y no tener solo la de vida, sino la que significaba de muerte, ver el mundo por el otro lado, un mundo pequeño.


Mientras pensaba en eso, mientras no quería vivirlo mejor dicho, imaginaba el dolor. Y cuando se suponía que tenía que sentirlo, sólo se quedó en un hueco, me dí cuenta que existía el vacío. Y el mundo se hizo mucho más grande aún. Pasé varias noches pensando en eso, hasta que me dí la libertad de no seguir pensando. Y entonces pasó lo que yo creía ínsipido. Apareció una persona de la nada. O quizás más del todo. Y el mundo volvió a su estado original, sólo grande, pero pequeño dentro de lo compatible que éramos. ¿Y si fue mi hermano en otra vida?, yo decía. Pero lo cierto es que quizás no era del todo perfecto. Esa imperfección alargó mi vida, me enamoré perdidamente de él. Es decir, gracias a la suerte de la naturaleza, nos enamoramos mutuamente.


Como era de esperarse, la relación tenía que alimentarse. Y como el alimento muchas veces escasea por el ambiente, tuvimos muchos sin sabores. Muchas veces para aprender a amar hay que sufrir demasiado, por el tema de la distancia y esas cosas. Y entonces para enfrentarlo hay que poner un poco de nuestra parte. Sin embargo, aunque tengo conciencia de lo defraudados que en algún momento estuvieron mis papás de mí, lo hice y si el momento retrocediera, lo haría otra vez. Conciencia de amar. Conciencia de elegir y ser libre.


Los locos hacen locuras. Y los cuerdos también. Porque quien no tiene conciencia de las cosas, muere en la misma conciencia. Todo fue intenso, todo fue perfecto, como si hubieramos soñado toda nuestra vida en estar juntos. Me sentía completa, si en realidad me sentía como la naranja completa, la dualidad completa. Pero en esa dualidad también existió algo implícito que sin duda tiene que existir, las dicotomías, la realidad, la paciencia. Y un día las cosas empezaron a hacerse concientes de sí mismas.


Nuestra historia terminó su capítulo y quien lo escribió fue él. Luego, tuve que volver a escribirla con puño y letra mía, pero no NUESTRA historia, sino MI historia. Y las historias no son sólo con tramas tan felices, donde todo es púrpura o todo es tan rosado como se piensa. Se ve todo en un abismo, se pasan noches que juegan con el llanto, se pasan tristezas raudas. Tuve que vaciar todos los recuerdos, pero no pude. No pude contra mis sentimientos y aunque todo volvió a ser como antes, el mundo ya no parecía muy grande, sino sólo grande. Grande en sus latitudes, grande con la diversidad de personas, grande en querer cambiarse por sí mismo, grande en su conciencia de ser.


Y aunque el mundo pareciera tan grande en mi percepción, el sol también se ha hecho grande y luminoso. Con esto tengo que convivir, con un futuro inmenso para tomar conciencia otra vez, como una cadena que muta de vez en cuando. ¿Qué es lo que me espera? No lo sé, sólo he aprendido a ver el presente también grande y aprender a ser feliz, a sonreir de nuevo con o sin la presencia de quien amo. Quizás esta es la última historia de mi vida, nada se sabe, pero si se que todavía puedo afinar la punta al lápiz y escribir otra historia. Espero.



Sí puedes escribir otra historia, tienes un mundo infinito por delante, el presente es infinito. Si quieres, incluso podrían no existir los límites. Somos nosotros mismos los que nos limitamos....
ResponderEliminarEn todo caso...ya emezaste a escribir la nueva historia, simplemente continúa... que para el fin aún faltan milenios!
Besitos.
El mundo es grande, si muy grande.Pero tambien es pequeño.Lo que pasa es q el mundo es como una broma, pero tu sigue escribiendo...a fin y al cabo el mundo seguira igual...si tu quieres...
ResponderEliminarMuchos "holas"...uno para cada dia...
Pedacito de mi corazón.
ResponderEliminarCada persona reescribe la misma historia, sólo cambian los personajes , pero sigue una y otra vez el plagio, cada cual se reinventa y renace, la vida es y será el capullo que envuelve a la mariposa, siempre se abre camino, y nuevamente renace más fuerte...
Siempre estás en mi memoria y en mi alma, recuérdalo!!
Tu hermana